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Articulo publicado en el suplemento 2013

  

 

En junio de 1944 pude apenas sostener el examen de selectividad, poco después pasé a la clandestinidad. 

En octubre mi padre me inscribió en la Universidad, Facultad de Letras y Filosofía, pero solo en mayo de 1945 pude realmente sentirme un estudiante, activo y entusiasta. Elegí letras modernas, con una resoluta propensión hacia las lenguas, concentrándome al principio en el inglés y el francés. Pero mientras tanto “descubrí” el español. 

En aquellos tiempos en Letras no se enseñaba español, porque los potentes del momento habían negado llamar para la cátedra vacante a Giovanni Maria Bertini, brillante hispanista, demasiado brillante para ellos. 

Bertini, inusual figura de estudioso que había elegido en edad madura el sacerdocio católico, era un espíritu libre, intolerante con respecto a las condiciones académicas pero capaz de establecer una relación auténtica, directa con los estudiantes. Lo llamó la Facultad de Magisterio, que afortunadamente no se inclinaba a aquellas convenciones. Por vía excepcional pude inscribirme a su curso, y fue una revelación. El curso proponía un atento, pero dinámico, estudio de Platero y yo de Jiménez y simultáneamente un auténtico viaje intelectual, una exploración –como se suele decir– de la poesía contemporánea, basada en una antología cuidada por Bertini y que en breve se convirtió en una especie de arca intelectual. La devoré, y después se la presté a Raf Vallone, que nunca más me la devolvió. 

En 1946, junto a un queridísimo amigo, Roberto Radicati, comencé a frecuentar a Bertini como persona, en su apartamento de Piazza Statuto. Quizás sería mejor llamarlo taller, a aquel apartamento, porque allí se realizó el proyecto de una revista internacional de hispanística, de la que Roberto y yo fuimos los dos primeros obreros. Una parte no indiferente tuvo otro hispanista de notable trascendencia, el milanés Giuseppe Bellini, también él docente en la Ca’ Foscari como Bertini antes de la llamada de Turín, y luego de la Bocconi y de la Statale di Milano. 

Puedo decir, sin falsa retórica, que la experiencia de los Quaderni Ibero Americani, como se llamó desde un principio a la revista, fue entusiasmante. En pocos años, aparte los jóvenes que éramos principiantes, hicieron su ingreso, como bien se sabe, los nombres más importantes de la hispanística, tanto a nivel académico como creativo. Hoy, superado el medio siglo de vida de los Quaderni, nosotros tenaces supervivientes junto a entusiastas de las generaciones sucesivas, casi no lo podemos creer. El espíritu de Giovanni Maria Bertini, que definiría chispeante, se ha mantenido y junto a él la resoluta maestría de Bellini. La antorcha la lleva hoy vigorosamente Giuliano Soria, y de acuerdo con su espíritu original en los Quaderni se abarca desde la literatura hasta la historia, y –téngase en cuenta– también el compromiso político, que para el antifranquista Bertini fue una bandera. Sin dudas, hoy más que nunca, todo puede ser uno, el lema de Lope de Vega expresa la esencia del alma de los Quaderni.

Cada número es un renacer en el espíritu siempre vivo de Bertini, nuestro maestro y, sobre todo, amigo insuperable. 

 

 

Por Claudio Gorlier

Università di Torino 

Dedicado con afecto a Giuseppe Bellini

 

 


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